sábado, 30 de diciembre de 2017

La hoja de parra


 El Chorrillo, 30 de diciembre de 2017

Hoy, trajinando con mis fotos, me encontré con una toma de un desnudo, mío concretamente, algo especial por lo inusual, dado que en el desnudo una parte de mi cuerpo aparecía admirablemente erecta y como en condiciones de hacer posible la llamada de la naturaleza que tiende a la reproducción. Es una imagen en blanco y negro realmente bella. Cuando fue hecha yo viajaba por Sri Lanka; había conocido a una amiga por Internet y casi de inmediato ella pidió un permiso en el trabajo y tomó un avión a Sri Lanka donde nos encontramos. La foto pertenece a los primeros días de nuestro encuentro; nada más natural para un aficionado a la fotografía que dar rienda suelta a su afición cuando, como en aquel caso, estaba naciendo una amistad y tanto uno como otro nos veíamos empujados a conocernos. Ella había localizado casualmente mi blog, que recogía las crónicas de medio años de viaje por Asia, y me escribió unas líneas. Yo contesté y después de un breve intercambio de emails, que no duró más de una o dos semana, ella pidió un permiso en el trabajo y elegimos un punto de encuentro que estaba en mi ruta de paso de un viaje de medio año por Asia oriental. En Colombo fui a esperarla al aeropuerto. Dos horas después nuestra mutua curiosidad no esperó siquiera a que nos diéramos una ducha en un país donde las temperaturas en aquella época eran exorbitantes. Fue días después, cuando la luz de un crepúsculo que empezaba a incendiar las fachadas de la ciudad, se hizo propicia para el fotógrafo que nos dedicamos a fotografiarnos desnudos el uno al otro en medio de una sesión no exenta de un regocijante humor. Una cama de dos metros de ancho, una sábana blanca, la luz del atardecer entrando por la gran cristalera de la habitación era todo lo que necesitamos. Desnudos como Dios nos trajo al mundo pasamos una tarde posando o adaptando la cámara a las condiciones de luz del lugar.
Hoy miro esas fotos con especial gusto. Placer por la contemplación de la imagen en blanco y negro, pero especialmente por la cruda manifestación de mi cuerpo arrobado y formidablemente erecto por la cercanía de la animala -sí, Ángel González y su poesía como recurso para que los puntillosos no se asusten- que en aquel momento, desnuda también ella, seguía mis indicaciones para hacer la fotografía. Miro y comprendo cuán estúpidamente nuestra cultura ha pretendido hacer desaparecer siempre la desnudez de su entorno. Que evidentemente hay cosas que pertenecen, pueden pertenecer, a la vida íntima de cada uno es cuestión de cajón; pero de ahí a la pusilanimidad, pudibundez, hipocresía, papanatismo con que se recurre a ocultar la desnudez –ocultar incitando así a la imaginación, que tampoco está mal del todo– hay un buen pedazo.
Quizás sea un asunto sin demasiada gracia polemizar sobre este tema. Allá cada cual con sus tabúes y sus complejos.  Sin embargo encontrarme así de repente frente a la magnífica animalidad propia, lleno el cuerpo de anhelo de hembra en una antigua toma de una calurosa tarde oriental, me hace reflexionar sobre alguna de esas verdades íntimas, más íntimas si cabe porque la sociedad las cubre con el tosco velo de lo prohibido o pecaminoso.  Mirar mi desnudez y mi erección en medio del rectángulo de la pantalla con los ojos de una agraciada animalidad que se auto observa satisfecha de sí misma, de su belleza y de su fuerza sin permitir dar paso al rubor, absorta en cada parte del cuerpo y sus formas, me produce un clase de embriaguez que bien podría compararse con la visión del más maravilloso espectáculo de la naturaleza. La conciencia del propio cuerpo y de cómo éste se manifiesta y vive su propia existencia cuando se deshace de los condicionamientos que lo atosigan, me deja nervioso en esta hora del crepúsculo en que las sombras de las ramas de los árboles se elevan un tanto espectrales contra un horizonte de fuego. Es un nerviosismo parecido al que me dejan las tormentas cuando pernocto solo en la alta montaña bajo la tela de mi tienda de campaña. El cuerpo en cierto momento se ve sacudido, algo así como si a uno le tomaran briosamente del brazo y sacudiéndole le quisieran poner ante un hecho contundente. Mira eso, abre los ojos; ¿qué dice tu alma, eh?
Anoche vi El idiota, una película de Kurosawa en donde el protagonista quedaba frecuentemente absorto frente una realidad que se le presenta de continuo ante los ojos; no entiende esa realidad porque sus esquemas de pensamientos, transformados después de haber salvado la vida en el último momento ante un pelotón de fusilamiento, vibran en una frecuencia muy diferente al de las personas de carne y hueso que le rodean. Él ha renacido de la muerte y ello ha dejado su alma limpia y sin el hollín de la hipocresía y los intereses puramente mundanos, de modo que lo torcido y los hábitos, tan rotundamente contaminados por los intereses particulares, se presentan ante sus ojos como raras anomalías del comportamiento humano.
Algo así me sucede hoy a mí cuando miro esta espléndida desnudez; la de percibir este miedo a la desnudez y la exposición explícita del sexo como una retorcida interpretación de la realidad que nos aleja de nosotros mismos y de nuestras raíces. Escribe Francisco Umbral en Mortal y rosa: “La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros. La carne es el último paraíso perdido e imposible. Tiene que haber naturaleza en el cuerpo, boscosidad, porque el sexo es, ante todo, una recuperación de los orígenes, y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y artificio han borrado de sí la selva. Ya no son nada”. “Me da pena pensar que se perderá esta blancura. No me duele perder los brazos, las piernas, la vida, el corazón, el sexo, la pituitaria. Me duele perder lo blanco, dejar de ser blanco al dejar de ser yo. Me duele más la muerte de mi blancura que mi propia muerte”.
Conservar esa blancura de que habla Umbral, la selva, ese paraíso que es nuestro cuerpo, la recuperación de nuestros orígenes. Por ahí me parece que deben de andar los tiros. La selva y el salvaje que habita en nosotros frente a la grisura que acecha por todos los lados. La vieja satrapía impuesta por la costumbre y las convicciones morales acechan como lobos a nuestro alrededor. Hagamos votos para que nuestra desnudez y lo que ello significa de retorno a las fuentes y a la naturaleza nos rediman de los pecados de una cultura que nos aleja de nosotros mismos constriñéndonos a la condición de espectadores y súbditos de intereses ajenos.   



Nota. Naturalmente, aunque en la imagen de mi post de hoy “la obscenidad” aparezca de lejos seguro que los “castos” señores del Face y del Google me la iban a censurar. Así que me curo en salud: hojita de parra que te crió al canto… como en los mejores tiempos.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Un sueño erótico




El Chorrillo, 16 de diciembre de 2017

Tocar un cuerpo nuevo de mujer envuelto en la penumbra del sueño. Mansa dulzura la de la oscuridad y su insinuado tesoro, allí donde todo es promesa y sinuosa imaginación. Cuando ni las yemas de los dedos ni el trajín de las prendas toman parte, y todo es promesa de rozar unos senos, maná en el desierto; un suéter negro en la tenue oscuridad de un paraje vecino, el portalón de una finca donde acaso el marido sueña bajo las sábanas. Era noche silenciosa sin grillos ni croar de ranas, un paraje de El sueño eterno donde unos lejanos pasos huían hacia el horizonte de la noche. Estaban por finalizar las cortesías y las manos habían tomado livianamente el talle de ella para despedirse con el beso de rigor; pero quizás se demoraron unas décimas de segundo sobre sus caderas a la espera de que en esa ínfima fracción de segundo un ligero temblor en el cuerpo de ella dejara abierta la posibilidad de la demora; quizás, no puedo asegurarlo.
Ese era el escenario y las posibilidades que éste ofrecía eran amables, dulce de melocotón para un paladar exigente. Ahora los mirlos y una urraca vienen a comer las aceitunas del olivo frente a mi ventana. He dejado preparada la cámara sobre la mesa. Estos días empiezan a aparecer pájaros de tránsito por nuestra parcela. Amigos ellos de los que guardaré el recuerdo en los bytes de mi cámara mientras de tanto en tanto levanto la vista del teclado ante el rumor de su aletear. Esta mañana gorriones y carboneros, un agateador europeo, un petirrojo, una abubilla que busca cobijo en nuestra buhardilla.
Lo que sigue es puro ejercicio de imaginación, la gimnasia que lleva a tocar con los puños el suelo mientras las piernas se mantienen rectas. Mantiene la tensión, escruta la llegada de ese breve estremecimiento en la piel de ella; un paso más, obtener esa breve afirmación tras la cual brotarán pequeñas primaveras. Sólo adivinar su consentimiento, la anuencia como breve detonante, la llama prendiendo un pequeño reguero de pólvora que pronto correrá alegre y chisporroteante atravesando la noche. Pero cuidado, demoremos, sí, el instante; “donde no puedas amar no te demores”, Frida Kahlo. No sirve precipitarse en la noche para terminar en un grito temprano. Sirve prolongar el instante, las expectativas, la duda todavía acaso de que su mirada no sea aún totalmente inequívoca, el momento en que la puerta deje una clara rendija por la que se cuelen tantos encantos que vendrán a refrescar tu cuerpo y a renovar la llamada de la selva atenuada por el arte de un sofisticado erotismo. Ah, el arte de la espera y la contención; el deseo tomado de las bridas mientras la noche generosa se abre de par en par para que vuelvas una y otra vez a recrear en tu mente los ojos de su anhelo, ahora anhelo compartido.
A este punto es necesario volver una y otra vez, el catalizador de su mirada y su piel estremecida. En las pequeñas oleadas que han de seguir, ésta es la norma. Saber del deseo anónimo de la animala, Gonzalo Rojas; animal con animala, animala en el animal transformada, San Juan de la Cruz, naturalmente. Y ahora las manos viajeras de tu imaginación, “ah los vasos del pecho! ah los ojos de ausencia!, ah las rosas del pubis!”, Neruda, por supuesto, adentradas en el paisaje dorado de las cálidas dunas mientras la noche se ciñe espesa a tu alrededor susurrando caricias sin límite, rozar el insólito paraíso. Animalas del mundo, sangre que alimenta el mundo y los deseos; fugaz hechura de los mil sinónimos del amor y el deseo. Abracadabra de nuestros sueños.

Del al pan pan y al vino vino a la liturgia de la imaginación y los derroteros de las sugerencias. La sugerencia, palanca, sistema de poleas sobre el que el deseo se columpia; que alerta, insinúa, hace brotar la flor del anhelo y lo lleva en la alfombra voladora del placer por los cielos de la noche; paso a paso, calor a calor, suavidad a suavidad, estremecimiento a estremecimiento, caricia a caricia, hasta ese desgarro final con que alguna animala de los Buendía despertaba en las largas noches de lluvia a todos los vecinos de Macondo.



Pájaro carpintero




domingo, 10 de diciembre de 2017

Naderías

Atardecer en El Chorrillo 


El Chorrillo, 11 de diciembre de 2017

La una de la mañana. Y digo yo cómo leñes me voy a marchar yo a la cama con ese gordísimo leño y su espectáculo de llamas en el hueco de la chimenea. Imposible. Después de una tarde que vistió el cielo con un crepúsculo algo espectacular, el firmamento nocturno se cubrió y ahora, horas después, el viento bufa fuera con toda su fuerza; el agua golpea violentamente en lo cristales de la cabaña. Cómo con semejante espectáculo voy a ir a la cama, cerrar los ojos y desaparecer de la vida. Alguien escribió que las mañanas eran de oro, el día de plata y las noches de plomo. Ni idea tenía el que lo escribió, aunque fuera Cervantes. Las noches, este trozo de noche entre las doce y las cuatro de la madrugada, son como el regazo materno en donde uno quisiera vivir largas temporadas. Noche oscura del alma, espléndidas horas en que las páginas de un libro entran deliciosamente en el cuerpo como vino añejo guardado para las grandes ocasiones, momento para la música amiga, Bach, Chalie Parker, Silvio Rodríguez, Vivaldi; instantes para la contemplación ensimismada de las llamas.

Hace calor, abro las ventanas y la cabaña es atravesada por una deliciosa ventolera que arrastra gotas de agua hasta mi rostro. Aquella exquisita espera en En busca del tiempo perdido, cuando Marcel, frente a la puerta de la habitación de su amigo el teniente Robert de Saint-Loup, donde el lejano crepitar del fuego evocan en él los sutiles placeres de un cuarto caldeado por las llamas. Evocación desde el frío intenso del exterior. Los placeres que lo son por obra del encuentro de los contrarios. En la cabaña el viento y el agua rodean con su abrazo de frío inesperado el confort de su interior. Y mi cuerpo acoge ambas sensaciones, frío y calor; me arropó en ellas. Están también las recientes secuencias de una película de Otto Preminger y los minuciosos planos de algunos salones, los personajes saliendo de entre la lluvia de una noche londinense, la calidad preciosista del blanco y negro. Y Gaza, nuestra perra, que duerme a mis pies junto a Mico, el más mimoso de los gatos que uno pueda conocer. 

Y ahora, cuando este impulso de utilizar mi pulgares sobre la pantalla del teléfono se haya calmado, ascenderé hasta un sanatorio de Davos, en Suiza, donde Joachim Ziemssen y Hans Castorp esperan a que yo retome la lectura de La montaña mágica en la que me he vuelto a sumergir después de muchos años. Es así, leer a Thomas Mann es sumergirse en un fluido capaz de envolverte por completo. De momento ya me he reencontrado con Settembrini, algo así como encontrarse con un viejo amigo en una lejana ciudad, del que sin recordar asunto concreto conservo el aroma de sus exquisitas e ilustrativas conversaciones con el joven Hans Castorp. Dice Thomas Mann en la introducción de su novela que sólo es verdaderamente ameno lo que ha sido narrado con absoluta meticulosidad. Cuando terminó la película de Preminger, Laura era su título, y me pregunté por qué me había gustado la película, descubrí que la mejor parte del film estaba precisamente en esa meticulosidad con que el director nos había paseado por los objetos y detalles de sus escenarios. Mientras el teniente de policía se dedicaba a buscar las pistas que le podrían llevar al asesino la cámara hace un lujoso recorrido por las estancia.  Por el pequeño resquicio que dejaba la persiana de una ventana se veía llover a mares. Eso retuve yo de una secuencia en donde el suspense nos invitaba a identificar al asesino. 

Acaso son detalles los que llenan mi noche de cierto grato aroma; también aroma del tiempo en el momento en que con mis ojos cansados abandone sobre la mesa de mimbre junto a mi sillón el libro y me limite a mirar las llamas de la chimenea. El aroma del tiempo, se titula un tomo que leo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han; alli escribe sobre “el embriagador aroma del tiempo desplegándose en el aroma” real del presente. El agua, el fuego, el viento enredado en las ramas de los árboles son buenos evocadores de esos pequeños detalles, el sabor de la magdalena de Proust, que duermen en dispersos rincones de nuestros  huesos.

El grueso leño, una gran rodaja de un morero que talé el pasado año, convertido en ardiente rescoldo, ha terminado por derrumbarse como gigante de pies de barro sobre el fondo de la chimenea. Ahora debo cerrar la ventana. Bastará con escuchar el viento en sordina mientras vuelvo al sanatorio de Davos. Es el tiempo de la lectura.

Antes salgo un momento fuera. El viento ha dejado un tapiz de hojas sobre el suelo de la parcela. Impulsados por las ráfagas los árboles se mueven como una patrulla de soldaditos tentempié que hubieran bebido más de la cuenta. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

El milano real

 
Original de http://hidesnavarra.es/hidelapradera/

El Chorrillo, 9 de diciembre de 2017

Estaba en ese momento del día en que las sensaciones empiezan a despertar del sopor del sueño, lentamente como esa música de Grieg que parece reproducir el despacioso ascenso del sol en la madrugada de los abetales en las tierras del norte. Empezaba a abrir los ojos al día, la mañana ya con el sol en las copas de los árboles, ese perfecto momento en que el día se atusa y prepara su ánimo para emprender el nuevo día, cuando mi mente empieza a ir de un lado a otro del mundo y del tiempo recreándose en amables recuerdos o elaborando el plan para el día; cuando también con cierta frecuencia en alguna parte de mi cuerpo despierta una música lejana de suaves caderas y amables bondades que me atrapa y termina llenando mis enteras células de gozos y encantos de mujer; empezaba, decía, a abrirme a ese universo de ensoñación y recreo del que tanto me cuesta desprenderme cada mañana, yo acurrucado bajo el calor del edredón, esta mañana precisamente despertado con una mansa pieza de piano de Grieg, después sería un cuarteto de cuerda de Haydn, y que a veces se prolonga hasta muy entrada la mañana.
Empezaba una mañana de invierno de tantas en que de tanto en tanto nuestra perra Gaza asoma por la puerta de la cabaña para reclamar sus breves lametazos de buenos días matinales y que yo facilito alzando el brazo por encima de mi cabeza y alcanzándole mi mano que ella lame de parecida manera a como los caballeros de pasados siglos depositaban ceremoniosamente un beso en el dorso de la mano de la dama de turno, hecho lo cual se da media vuelta y se sienta junto a la puerta de la cabaña a pensar en sus cosas; mañana de invierno con los árboles todavía con las hojas en las ramas, otoño frustrado de sequía en que mi cuerpo no parece dispuesto a levantarse envuelto como está en un agradable manojo de sensaciones.
Y así, andaba paseando mi vista más allá de la ventana por las copas de los árboles y el cielo azul y frío, cuando la solemne presencia de un milano real apareció en el cielo por el ángulo superior de mi ventana, grande, quieto, un tanto solemne apenas rozando el tejado de la casa, sus alas extendidas como quien pasea distraído por el cielo dejando que las corrientes de aire llenen sus alas de la caricia de su fuerza y lo arrastren de aquí a allá del cielo mientras abajo los olivos, los almendros y los rastrojales amarillentos y llenos de frío pasan a sus pies anclados a la tierra y a sus dueños indiferentes a este señor del aire. Voló junto a la chimenea, atravesó el espacio azul del cielo y después se perdió tras la lacia pelambrera del sauce llorón, un viejo sauce que tras sufrir veinte años el acoso de las escobas de brujas, acaso un muérdago, ha empezado a reponerse y alza ahora sus grandes brazos sobre la piscina y el tejado de nuestra casa y que se ha convertido, junto a las grandes masas de hiedra que trepan por su tronco, en hogar de muchas de las aves que pueblan nuestra parcela. Ya no lo volví a ver, pero me quedó la agradable sensación de su presencia, su vuelo sosegado, su impasibilidad ante los males del mundo. Desde que he dejado de leer cada mañana los periódicos mucho de lo que veo tras mi ventana, el milano real de esta mañana entre ellos, me hablan de un mundo mucho más real y sólido que aquel de la prensa, me siento mejor lejos de unos medios de comunicación que parece que inducían a mi ánimo a pensar que España era toda esa gentuza que nos gobierna y sus tejemanejes. Ahora es distinto, mi España es el milano real, el cielo, sus tierras, las gentes que lo habitan; nada que ver con la basura que rige este país.
Me encantan estos seres solitarios que ajenos al mundo danzan en la olas del viento buscando por los caminos una liebre o un ave que les dé de comer. En los campos donde vivo rastrean por las mañanas los senderos a la espera de encontrar alguna liebre atropellada durante la noche por algún automóvil. Se les ve frecuentemente volando sobre los rastrojales y almendros con parecida actitud a la de recolectores de setas que vagan por el bosque a la busca de níscalos o alguna especie de boletus. 
Como al águila también al milano real le hace el aire. Cuando terminó el cuarteto de cuerda siguió ininterrumpidamente un concierto para oboe. Haydn es perfecto para estas mañana de tozuda vagancia contemplativa. Naturalmente me acuerdo del amigo Paco y su Milano Real volando apacible y tranquilo sobre las tierras de Hoyos del Espino ante la presencia siempre amigable al sur de las cumbres del Circo de Gredos. Algún día le preguntaré por la razón que le impulso a bautizar su hotel con el nombre de esta familiar ave de nuestros suelos hispanos.
Me contaba después Victoria de una entrevista a un informático que había escuchado en un podcast en su habitual paseo matinal. Un hombre con una buena posición en una gran empresa que después de trabajar varios años en ella había llegado a la conclusión de que aquella vida no era la suya y había sustituido el ordenador por una bicicleta. En el momento de la entrevista había pedaleado cuarenta mil kilómetros alrededor del mundo. Había trabajado aquí o allá con lo que le había salido al paso, había convivido con indígenas en algunas regiones de Nueva Guinea y Borneo, pero sobre todo había "volado" pausada y libremente sin prisa a lo largo y ancho de todos los continentes. De una situación en que le era difícil encontrar tiempo para leer o escribir, había pasado a otra en que era dueño absoluto de su tiempo. Iba a donde le llevaba el viento de cada circunstancias, paraba en un bosque, se recreaba en largas horas de lectura bajo la sombra de un árbol, sacaba su infernillo, se hacía un arroz, comía algo que había comprado en la aldea vecina, se echaba la siesta; cuando el sol dejaba de apretar montaba de nuevo su bici y se echaba de nuevo al camino.

Así imaginaba yo al milano real de esta mañana.  

viernes, 1 de diciembre de 2017

Ea, mi niño, ea





El Chorrillo, 2 de diciembre de 2017

Las ramas del álamo contra el cielo azul prusia del final de la tarde pintaban sobre el horizonte un cuadro japonés, la firma sinuosa del tronco, las ramas como brazos abiertos, la silueta de un pájaro. Era hermoso, o simplemente bonito. Había terminado de leer la obra de Francisco Umbral, Mortal y Rosa, y la emotividad de las últimas páginas del libro había dejado mi mirada suspensa sobre ese cielo en el que la tarde paleta en mano pinta cada día el espectáculo del crepúsculo. Me quedé pensando en Umbral y en ese hijo suyo que alimentaba todas las páginas del libro. Los hijos, la vida, el fuego, la muerte, esa belleza que viste cada tarde el hueco de mi ventana. Pensaba en esa cosa tan terrible que debe de ser la muerte de un hijo pequeño. No fui capaz de hacer otra tarea hasta la hora de la cena. Hay cosas que no se explican ni se narran; sólo cabe mirar cómo la tarde cae lentamente y, como la muerte se lleva la vida, esperar que la luz caiga en el pozo negro del silencio donde todas las cosas incomprensibles del mundo quizás puedan encontrar un poco de alivio. 

Pienso en aquellas palabras de Umbral: "La sangre de la herida, el dolor vagando por el cuerpo como un murciélago gris y ciego, la fiebre, el miedo, el miedo, eso soy yo, eso eres. ¿Qué otra cosa, si no? Llegamos a generar una sustancia de consistencia variable, más bien mediocre, que es la imaginación, la literatura, la estética, el lirismo, el bien, la fe en el hombre, la Historia, la libertad, la justicia. Pero basta esa gota de sangre, ese quejido mudo de mi cuerpo, ese goteo rojo de la vida, para que todo se borre y yo me reduzca a mi dolor". El dolor del hijo enfermo, del hijo muerto, cuando el dolor corre por el cuerpo a borbotones y sólo existes tú y tu dolor. 

Y mirando ahora la noche y su rastro de luna reptando entre las ramas de los olmos y los álamos recuerdo las últimas secuencias de la película que vi anoche, Umberto D, de Vittorio De Sica (1948). Un dolor de otro tipo, el de un jubilado desahuciado al que sólo le ata a la vida un perrillo que termina siendo su salvación en un momento en que decide dejar de vivir. En la película de Kiarostami, El sabor de las cerezas, el tema se repite. Al protagonista la vida se le ha hecho insoportable, en el cesto que ha servido en otro tiempo para recolectar cerezas aquella madrugada hay una cuerda. Necesita un cerezo alto y una rama robusta. Cuando hacía el final de la película lo encuentra, trepa a él, elige una rama y, cuando está en ello, su vista tropieza con algunas cerezas maduras. Alarga la mano, toma una, la saborea, mira a su alrededor, vuelve a tomar otra cereza, la saborea largamente. El sabor de la vida está subiendo lentamente de su boca al corazón. En una secuencia posterior le vemos recolectando cerezas hasta llenar el cestillo de mimbre. Su expresión ha cambiado. La cesta que antes contenía una cuerda ahora está colmada de sabrosas cerezas. El campesino se dirige a sus casa. Las cerezas servirán de desayuno a él y a su mujer. 

“Ea, mi niño, ea”, se despide Umbral de su hijo, como quien le cantara una nana poco antes del beso de buenas noches. 

Ahora nuestro gato Mico se ha subido a mi regazo y ha recostado su cabeza de nieve y canela en mi pecho. Apenas me deja trabajar sobre esta improvisada máquina de escribir que es mi teléfono. Ha interrumpido su familiar tecleteo metiendo su cabeza entre mi brazos y el móvil y así no hay manera de continuar. Me tomo un respiro. Escucho por un rato una música que habla de un río, el Moldava, una partitura de Smetana que oigo en esos particulares momentos en que mis pensamientos tratan de abrirse paso en una tierra sembrada de interrogantes y que me recuerdan los lagos y los bosques de un lejano y lluvioso viaje a Escandinavia. Es una música que casi siempre viene acompañada por alguna cosa de Grieg. Quizás se trate simplemente de una asociación de la que no logro desprenderme. Me pregunto si ello no vendrá traído de la mano por alguna de esas películas de Bergman que acompañan a uno desde los veinte año. Siempre un grito desgarrador entre los abedules del bosque, Max Von Sydov perdido en el laberinto de alguna pasión. 

El antropoide que mira absorto la tormenta que descarga más allá de su cueva; el niño pequeño al que la madre toma en brazos en el barco y, describiendo un semicírculo a su alrededor con el brazo en alto, le muestra el mar diciendo: mira, eso es el mar, le dice, como quien presenta al misterioso dios del mundo; el dolor; el solemne deslizarse del río a través de los meandros del norte; el sabor de las cerezas, los saltos del perrillo alrededor de su amo que poco después de querer tirarse sobre la vía al paso del tren juega y hace cabriolas con su can porque ha descubierto que pese a todo la vida es bella. 

Ea, mi niño, ea. Hace muchos años, de cuando Francisco Umbral iba a comprar el pan y de camino se encontraba con los temas de sus artículos, con el medio mundo que andaba por los noticieros, que aprendí que estas cosas de escribir, eso decía él, son como hacer morcillas, que hay que atarlas por el principio y por el final adecuadamente. Pues eso, ea, mi niño, ea. 





martes, 28 de noviembre de 2017

Junto a la chimenea. La montaña me da vida.





El Chorrillo, 28 de noviembre de 2017

Amaneció de invierno. Mi chica se marchó a hacer no sé qué en Madrid y como cayeron cuatro gotas, me dije: hoy no puedo acabar los trabajos de la parcela que tengo empezados; perfecto, la disculpa coló y así, inmediatamente, tras el desayuno, me bajé a la cabaña. Hoy no habrá calefacción, hoy toca chimenea, ¡todo el día frente a las llamas de la chimenea!: ¡Guauu! La llamada de la selva, del fuego, del frío, de los parajes helados de Alaska depositados mórbidamente en mi memoria después de las primeras lecturas de la niñez: el río Makenzie y sus cazadores a la busca de pieles, los ríos helados, el viento azuzando la cabaña recientemente acabada, sí, el fuego alto como una hermosa diosa de volubles caderas danzando desnuda para recreo del solitario habitante de los bosques nevados. Pero no, que no va por ahí la cosa, despacio, no vayamos a romper el encanto del frío y el viento bufando por las rendijas de la puerta de troncos.

Y recuerdo un video ambientado en los bosques de Alaska, la noche, los perros enterrados su cuerpo en la nieve para protegerse de la ventisca. Dentro de la cabaña, pequeña como para que sólo quepa una cama, una mesa y un par de sillas, una pareja deja el lecho, encienden el fuego de la chimenea, ella mira por la ventana el paisaje blanco y gélido, los perros agazapados entre la nieve. Momentos después dan cuenta de un café fuerte y humeante, sacan de debajo de la cama las trampas que deberán instalar hoy en los ribazos del río, alimentan el fuego, descuelgan de un clavo el par de escopetas, visten sus abrigos de piel, los guantes, salen al intenso frío de la mañana.

Buscarse la vida de trampero y cazador y arrastrar fatigosamente durante días una canoa río arriba cargada con toda la impedimenta para pasar un invierno en soledad en el bosque, hacerse una cabaña amplia que resista las ventiscas y el rigor del invierno, cazar, colocar trampas, recoger leña, vivir las larguísimas noches del norte aislado en la más inhóspitas de las tierras. Un libro, sí, Río peligroso, de R. M. Patterson. ¿Qué pasa con nosotros, usuarios de teléfonos inteligentes, seguidores de series, clientes de Amazon, viajeros de grupos organizados paseados en masa por las siete maravillas del mundo? ¿Que ya se ha acabado el mundo? ¿Que más allá de nuestra conveniente comodidad sólo cabe “mirar” el frío, el cansancio, las dificultades de una ascensión a las montañas, la soledad del bosque invernal desde nuestros modernísimos dispositivos electrónicos? La aventura la hacen los otros: nosotros miramos; el frío lo sufren los otros: nosotros miramos; unos muchachos dan la vuelta al planeta en bicicleta o caminando: nosotros miramos; alguien pinta un cuadro, escribe poemas o compone una sonata: nosotros miramos, leemos, oímos. Y todos contentos.

Hace mucho tiempo que me propongo salir a las cinco o seis de la mañana a caminar por el campo; todos los días, llueva o nieve. Lo hice durante algunos inviernos y fue una experiencia sumamente grata; escribí un libro con aquello: Diario de las cinco dela mañana. Pero ahora, convertido en espectador, en cómodo consumidor de cine o literatura, pensando que acaso esas cosas eran excentricidades, presiento que la pereza me come hasta los higadillos. Ni siquiera fui capaz días atrás de darme una vuelta por los montes del puerto de Canencia porque me parecieron muy altos y muy fríos o porque simplemente he perdido momentáneamente el contacto con esa otra realidad que me da vida. Ayer precisamente terminé por fin con la edición de mi próximo libro Montañas que me dais la vida. El título se me ocurrió a última hora hojeando parte del contenido; uno de los post del principio de mi recorrido alpino del pasado verano iba encabezado en negrita con esas palabras.

Las montañas que me dais vida. Una afirmación que no necesita demostración, axiomática, real, más verdad “que el pan y la tierra”, que canta Serrat. Y lo nada fácil que es asumir tantas veces que lo que te da vida se queda en sueño, varado como barca en tierra tras la pleamar. Y saber que es lo que te da vida y lo que no y sin embargo abandonar aquello, relegarlo para ponernos en el brazos de lo segundo. Duro trabajo el de levantarse a las seis de la mañana, ponerse la chupa, el abrigo y echarse al campo a contemplar estrellas y vestir la noche con la vividez de tus ojos rastreando el paso de los conejos y alertando a las perdices adormiladas entre los cañaverales y las zarzas. Duro trabajo el de pensar, el de subir cuestas, el de  tratar de seguir los enrevesados versos de René Char o las reflexiones de Laclau en La razón populista, duro trabajo el de encontrar la ruta de ascenso en la hermosa y vertical pared de granito. Todo lo que merece la pena parece requerir un trabajo duro. Nadie da duros a peseta.

Pero está también sin embargo esta confortable mañana frente al fuego de la chimenea, que es más verdad que el pan y la tierra, que gozo, en que reflexiono buscando entre las palabras esa determinación que sé que algún día de riguroso frío me va a llevar a recorrer por largo tiempo los caminos de España o Portugal. Y desde mi comodidad sé que tarde o temprano superaré este impasse y madrugaré y me echaré a los caminos de alguna parte del planeta, precisamente por eso, porque sé que ello me da vida.

Creo que fue en una lejana lectura de Descartes donde aprendí que la manera más eficaz de hacerse con el conocimiento de qué hemos de hacer o no en la vida es tratar de examinar en nuestro pasado todo aquello que “nos dio vida”, las situaciones, los actos, los proyectos, los trabajos que suscitaron nuestro placer, nuestra grata sensación de haber cumplido con nosotros mismos o con los demás. Todo ello debería constituir un precioso material en que basar nuestra acción futura.

Lo siento y mucho, esa disposición pedagógica que se me cuela a menudo cuando escribo. Podría disculparme; quizás sea porque en definitiva cuando escribo lo que hago, no siempre, sea escribir para mí. Escribir es hablar con uno mismo, tratar de expresar la vida, analizarla, luchar con las propias contradicciones, exhumar temores, ahondar en los placeres y en el pasado para acaso tratar de encontrar entre las palabras un alivio y un remedio a mi ignorancia.



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Podemos, la sombra alargada de una decepción. Nuestra pequeña hermana.



El Chorrillo, 21 de noviembre de 2017

Hace días había escrito las líneas que siguen, pero a la mañana, cuando volví sobre ellas, me pareció que estaba fuera de lugar un asunto tan pasado como el de Podemos. Habría que dejar los tiempos de las nostalgias para otra época, pero... mejor que tirar la cosa a la papelera, ya que está hecha la dejo por aquí aunque sólo sea para suscitar una leve sonrisa en quien pueda leerla. 

Advierto que no quiero hablar precisamente de Podemos, más bien se trata de la sensación que el reflejo de su sombra produce en mí ánimo, una sombra alargada y brillante que en un tiempo supuso un alivio para mi ánimo abotargado por la desesperanza de vivir en un país para el que no había remedio posible y que ahora ha desaparecido de la arena de la playa que la trajo dulcemente a mis pies años atrás; llevada por la resaca de las turbulencias del poder su esencia fue arrastrada de nuevo hacia el fondo marino. Poco a poco los nuevos tiempos acariciaron con su engaño el lomo de sus promesas asamblearias, sus recién nacidos círculos que respiraban el frescor que desprendían las vaharadas del 15M y sin que apenas nos diéramos cuenta el agua se las fue llevando arrastrándolas hacia el fondo marino que todo lo uniformiza y lo engulle. El mar del que surgió la vida en un tiempo se tragó en este caso la infantil ilusión de que íbamos a despertar definitivamente del mal sueño de la desesperanza.
"Estábamos dormidos y despertamos". Despertamos pero al poco tiempo, cuando aquellos mismos que suscitaron nuestras esperanzas obtuvieron sus poltronas y descubrieron el sabor del poder, la esperanza, que alimentábamos con tanta ilusión, succionada por la irresistible atracción de ese poder que habíamos otorgado con nuestra confianza a un grupo de personas, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia de que aquello había sido poco más que un sueño. El compromiso no escrito de conservar el fuego del 15M entre nosotros, falseado por el líder y sus allegados que rentabilizaban así el impulso de aquel mes de mayo para hacer de él una herramienta más del "sueño de la razón" con que amasar influencia y poder, se hizo humo. La certeza de que hechos excepcionales en la historia de un país, como el nacimiento de un Podemos o el 15M sólo se producen en largos periodos de historia, alumbra a una desesperanza que no se ve con fuerzas para en el curso de la vida que a uno le queda pueda haber algún cambio significativo. La desconfianza, similar a la que siguió a tantos años de poder de los socialistas en aquellos años de la Transición, hunde sus pies cada vez más profundamente en el fango del escepticismo. 
Con el trajín de la noche anterior en torno a los libros de mi biblioteca esta mañana pensaba que de pronto se me iban a aparecer ideas y fragmentos de alguno de los libros leídos que me fueron caros en otro tiempo pero que los años han ido arrinconando en oscuros cavernáculos de mi memoria; libros con que paliar el escepticismo y la desesperanza tan al acecho estos días. Al hilo de lo que estaba escribiendo más arriba yo sabía que en cierto libro leído décadas atrás de un autor italiano con nombre de músico y cuya portada era azul, había algo relacionado con lo que quería escribir. Ponerse a mirar libro por libro hasta encontrar la dichosa portada no es cosa que me guste mucho así que recurrí a las aficiones bibliófilas de mi chica que enseguida se ofreció a buscarme el libro. No tardó en dar con él más de un par de minutos. Tengo que decir que la bibliofilia de mi chica me es muy útil. Hace siglos que no pongo en orden mis libros, que sufren con frecuencia mi tendencia al desorden y a dejar el libro extraído en el primer estante con el que me topo, sin embargo tener en casa, algo que soluciona periódicamente el hada amante de los libros que tengo en casa, que fervorosamente cada cierto tiempo vuelve a poner cada tomo en su lugar, da un alivio a mi pereza. Disculpas por el prolegómeno. La esperanza, se titula el tomo de Francesco Alberoni que buscaba. Abro el libro, las páginas están cosidas a subrayados y anotaciones. Reproduzco  algunos subrayados a voleo: Cuando estés jodido, "es mejor permanecer inmóvil y esconderse, tal como hacen los animales heridos. Incluso debemos desconfiar de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y de nuestras previsiones". En otro lugar el autor invita a salir de la jaula mental que nos tiene aprisionados en la desesperanza para decirnos que existen otras posibilidades que desconocemos. Machaca con la idea de desarrollar una actitud positiva hacia la vida y el futuro. Sin embargo, de entre todo lo que voy encontrando en sus páginas al fin termino dando con el capítulo en donde un enanito me estaba dictando existía un hilo conductor que me podía llevar, no sé de qué manera, a algo que intuía podía dar continuidad a mis razonamientos. El capítulo se titulaba El arte y la belleza. Tengo que sumergirme en la lectura para comprobar si la pista es falsa o no. Veamos, copio: "Cuáles son las cosas que todos, absolutamente todos continuamos buscando, apreciando y amando instintivamente a lo largo de los siglos y de los milenios? ¿Qué cosa permanece y, a la vez, une a los hombres? La respuesta es ésta:
Las obras de arte. Únicamente las obras de arte.
"Mientras que la opinión, la ideología y la religión dividen, el arte une. Un musulmán puede admirar la basílica de San Pedro y un cristiano la mezquita de Córdoba. Las grandes obras de arte nos permiten acceder a un mundo superior en el que establecemos contacto con las esencias, que tienen la extraordinaria propiedad de ser universales.
Uno tiene que buscar en lugares curiosos y dispares para intentar no sucumbir a la desesperanza y quizás paradójicamente el arte, la belleza, sea una de las vetas a explorar para mejorar la salud de los ojos con los que miramos la realidad. Que ya no puedan hacérsenos los dedos huéspedes con la llegada de algún extraterrestre que nos salve de la quema, no debería impedirnos mirar a nuestro alrededor con cierto optimismo. El que Podemos, como decía Alba Rico en una entrevista, se haya convertido de la cosa más bonita del mundo en algo feo, quizás pueda ayudarnos a comprender mejor la realidad y la complejidad del mundo en que vivimos, de manera que no nos atosigue un pesimismo inmovilizador. 
Días atrás un personaje de la película Nuestra pequeña hermana (un film de Hirokazu Koreeda), contaba de una anciana a punto de morir que, mirando a través de la ventana del hospital los ciruelos en flor, decía que la belleza todavía le conmovía. La belleza como antídoto y refugio frente a las fealdades del mundo, el juicio de Alsasua, la bazofia de la policía municipal, la Manada, los caretos todos del partido en el poder, la pérdida de rumbo de Podemos, los iluminados del partido socialista, los votantes que ratifican con su voto la corrupción más lamentable, los gilipollas del IBEX dedicados como el rey Midas a la tarea innoble de hacer oro con el sudor de los currantes. Puf, acabo, que ya empieza a apestar solamente por el hecho de nombrarlos.